Taller sobre resiliencia 18.1.20

Emmy y la resiliencia

Concluyó, en 1992, un estudio en el que tomó como muestra a un grupo de personas desde que nacían hasta que cumplían 40 años de edad. Esto permitió comprobar que parte de los niños conseguían alcanzar una exitosa vida pese a que los factores de riesgo les condenaban, a priori, a presentar problemas futuros. Eran niños cuyas madres eran adolescentes solteras, habían tenido un peso muy bajo al nacer, o pertenecían a un ambiente de gran pobreza, o a etnias discriminadas. Ante estos resultados, trató de encontrar un término en el que agrupar esta situación: “niños invulnerables” fue un ejemplo de dicha búsqueda terminológica.

El estudio que Werner llevó a cabo y  por el que se comprobó que había quiénes estando, a priori, condenados a presentar problemas futuros, conseguían llevar una vida exitosa. No obstante, está publicado bajo el nombre: “Vulnerable but Invencible. A Longitudinal Study of Resilient Children and Youth.”  (Por si a alguien le interesa comprar la publicación, podéis hacerlo aquí: www.amazon.com.)

Cuando Emmy Werner comenzó esta investigación longitudinal, en 1955, en una isla de Kauai (Hawai), no sospechaba que los resultados obtenidos sentarían las bases de una nueva concepción del ser humano.

Inició su estudio con una muestra de 700 niños recién nacidos procedentes de familias que vivían en situaciones desfavorables de pobreza, desestructuración, enfermedades mentales, alcoholismo… Con la intuición de que, tras 30 años de seguimiento, obtendría datos que confirmaran que esos niños expuestos a entornos desfavorecidos, desarrollarían patologías de cualquier índole.

Efectivamente, parte de la muestra confirmó esa hipótesis. La sorpresa la obtuvo cuando el 30% de los niños no sólo no desarrolló ninguna patología sino que vivía una vida completamente normal, con un desarrollo sano y positivo.

A partir de aquí, se comienza a replantear sus creencias basadas en los paradigmas imperantes fundamentados en el riesgo. ¿Qué ocurría? Se puso nombre a lo inesperado, y tras erradicar la concepción de “niños invencibles” y centrarse en un aspecto genético, se acabó concluyendo que esos niños resilientes tenían algo en común: todos contaban con al menos una figura de apego (no necesariamente un familiar, que les aceptaba incondicionalmente, independientemente de sus características físicas, inteligencia o temperamento. De manera que Werner concluye: “la influencia más positiva para ellos es una relación cariñosa y estrecha con un adulto significativo.[1].

No cabe duda, al menos a mí no, de que estaremos en eterna deuda con Werner y su equipo. Sí. Cierto. La resiliencia entró a formar parte de estudios e investigaciones.

El Concepto de la Resiliencia transferido a la Counidad (Artículo del Blog de Saltamontes) que refleja parte de la discusión en el encuentro estatal

Nos parecía relevante dialogar sobre esto porque partimos de un análisis del contexto actual que nos sitúa, como señala Ecologistas en Acción, en el abismo de los límites.

La crisis climática, la pérdida masiva de biodiversidad y el declive de la disponibilidad energética y material junto a los problemas sociopolíticos asociados a todo ello dibujan un presente y un futuro incierto y bastante poco alentador. El declive de la disponibilidad energética y material o la crisis climática, por ejemplo, no son temas menores cuando de construir casas se trata y, todavía más, si tenemos en cuenta que habitaremos estas casas durante varias décadas y habrá que calentarse, soportar el calor en verano, beber agua o alimentarse.

La forma en que seamos capaces de adaptarnos, de aprender, de innovar, de cooperar y de autoorganizarnos ante los cambios e impactos derivados de esta crisis profunda y multidimensional determinará que nuestras condiciones de vida sean más o menos dignas.

Ante este panorama, ¿cómo construimos proyectos que sean resilientes?, ¿en qué nos podemos fijar para saber cuán capaces seremos de adaptarnos a estos tiempos de escasez y de cambios bruscos?

AFRONTAR EL MIEDO

En el encuentro, hablamos sobre los miedos. Una de las personas que participó en este diálogo sobre resiliencia comentaba en el debate que le era complicado imaginarse este futuro y que, cuando hacía el ejercicio de imaginarlo, a su cabeza venía una imagen “Mad Max” bastante paralizante.

Lo cierto es que, si miramos alrededor, muchas comunidades ya están viviendo estos cambios (sequías, pérdidas de cosechas, grandes incendios…) en muchas partes del planeta. Muchísimas personas refugiadas, desahuciadas, precarizadas, los viven cada día en nuestros propios barrios y comarcas. De esta constatación de que la crisis ecosocial ya está aquí aunque “yo no la note” todavía, surge la primera reflexión imprescindible al respecto: que la construcción de resiliencia local debe ir acompañada de la justicia global. Si no, es fácil caer en lo que podríamos llamar “ecofascismo”.

Para ello necesitamos preguntarnos por cuestiones como el grado en que dependemos de los recursos que vienen de otras partes del mundo para construir nuestras casas y para luego vivir en ellas, y en qué condiciones se producen ambiental y socialmente. Por ejemplo, que la estructura sea de madera certificada en lugar de cemento, que las ventanas no sean de PVC o que el material aislante del edificio sea de corcho o de fibras textiles recicladas producidas lo más cerca posible, reduce sustancialmente la huella climática en la fase de construcción. Si tenemos en cuenta la orientación del edificio para que caliente de forma pasiva, el uso de energías renovables para el abastecimiento y el reciclaje de aguas grises o la forma de gestionar los residuos generados, también conseguiremos reducir mucho la huella ambiental en toda la fase de vida de las casas. Todo esto implica no seguir ahondando en la crisis ambiental que principalmente tiene consecuencias en otras partes del planeta.

Estaremos mejor preparadas por vivir en casas ecológicas, pero nuestra vida y la del resto de nuestras vecinas tiene lugar mucho más allá de las cuatro paredes de nuestro hogar. Sin preguntarnos cómo nos vamos a relacionar entre nosotras, cómo nos vamos a apoyar en un escenario próximo (ya presente para muchas personas) de falta de servicios públicos de atención a la vejez, por ejemplo, o cómo nos vamos a relacionar con el resto del barrio, difícilmente seremos capaces de generar esa capacidad de adaptarnos. ¿Están nuestros proyectos abiertos al barrio? ¿Solucionamos los conflictos internos de formas constructivas? ¿Gestionamos nuestras cooperativas de forma democrática y horizontal? Todos estos indicadores de horizontes ecosociales nos ayudan a repensar nuestros colectivos y a mejorarlos.

En el debate conveníamos que, para enfrentar la crisis ambiental y social, necesitamos tejer redes diversas, entre las personas que habitan estos proyectos, pero necesariamente también con el resto del barrio donde nos insertemos. Y entre unos proyectos y otros. Es imprescindible conectar campo y ciudad de una forma horizontal, no jerárquica, que potencie nuestros puntos fuertes, minimizando las debilidades

 Recordábamos que indudablemente tenemos que modificar nuestro modelo de consumo, replantear nuestra dependencia del coche, y, al mismo tiempo, construir relaciones de participación, de transparencia y de cuidado. Esto, como nuestras casas, hay que cimentarlo bien, para que no se desmorone el edificio de la convivencia al primer conflicto.

Coordinado por Jorge Morgenthaler Guggisberg

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